jueves, 27 de marzo de 2014

Homenaje a Leopoldo Panero.








En gratitud a su hierática pero intensa compañía.

A mí me gusta escribir y él era un escritor. Hombre de pocas palabras y muchas letras. Me atraía además su expresión perdida, y su soledad elegida lo hacía inasible a los que nos consideramos cuerdos. Lo percibí siempre lejano y con el alma llena de ansiedad dolorida. Me conmovía aquel hombre. Yo lo miraba de soslayo para no distraerlo de sus pensamientos. Su voz sonaba como si estuviera al otro lado del agua. Hablaba corto, no sonreía aunque me acompañaba su silencio.


Parece oculto,
entre negrura y fuego.
Parece lóbrego,
entre malicia y tristeza.
Parece lejano,
entre páramos y desiertos.
Sin embargo,
hablas de tu alma,
cercana, clara y conocida.
No es el Infierno.
Tú  lo conoces.



¿Ya has descubierto el vacío?
¿Has paseado por la galería del alma?
¿Te has sentado en el abismo?
¿El frío indiferente ha quemado tu piel?
¿Eres un muerto que respira?
Que respira sin merecer el aire.
¿Te han presentado al Amor?
Y lo saludas como un extraño.
¿Y el poder? ¿Y el dolor?
No el que te causa haberlo originado.
El dolor que tú has causado.
¿Lo has sentido?
No, porque te faltaría el aire.
Quedarías mudo por falta de aliento.
Sordo por no oír la verdad.
Ciego por no ver otras lágrimas.
Y sólo palparías tu propio egoísmo.



Hojas muertas entre las páginas de un libro.
Lágrimas añejas en un pañuelo.
Pétreas legañas en la almohada.
Las canas de tu sien.
El aliento senil de tu boca
La tez arrugada.
Todo eso también es vida. O lo fue.
Descanse en paz la Vida.

Fotos: El Roque Nublo.

jueves, 30 de enero de 2014

Qué imperfectos somos (Capítulo 1)

Jujuy. Argentina
La Quebrada de Pumamarca se encuentra al noroeste de Argentina, en la Provincia de Jujuy, ofrece un paisaje estremecedor. Es un valle estrecho y alargado. A ambos lados de la Quebrada hay formaciones montañosas de colores, donde la naturaleza las pintó con tonalidades del blanco, rojo, naranja y amarillo. Extraordinario.
En la carretera que me llevaba a los diferentes poblados de montaña con casas de adobe, antiguas iglesias y ruinas que resisten el paso de casi 10 mil años, los indios de la etnia Kolla disponían, en la orilla del camino, puestos de venta donde ofrecían artesanía, tallas de madera, cerámica, telares, cestería… Más allá, los vendedores eran niños pequeños, muy pequeños, que extendiendo unos mantelitos, colocaban ordenadamente sus productos y se sentaban detrás, esperando.
Me acerqué con inquietud y mis ojos se clavaron en sus manitas cuarteadas por el frío que se movían con rapidez sobre el mostrador improvisado, donde aparecían collaritos, pulseras, peinillos de hueso, algunas golosinas, llaveros de donde pendían instrumentos musicales típicos de esa región, y varios grupos de papas amontonadas de cinco en cinco, formando una sucesión de pirámides en el borde del mantel.
Eran como nuestros niños, iguales, con ojos, boca, nariz…, extremidades y con cerebro, también hablaban.
Compré algunos objetos y chicle. Entregué un billete. Hizo la cuenta y me devolvió correctamente.
¿Cuántos años tienes?
Cuatro años, señorita.
Silencio.

¿Occidente?
¿Políticamente correcto?
¿Tolerancia?
¿Respeto?
¿Derechos?
¿Derechos de los niños?
¿Tercer Mundo o submundo?
¿Hambruna?
¿Igualdad?
Indolencia.
Escala de valores.

Niveles de contento.
¿Esperanza?


Sentí miedo de los humanos, y de los humanos con poder, y de los humanos que deciden y de los humanos con dinero, y de los gobernantes y de los alcaldes y de los concejales y de los liberados sindicales y de los que opinan sin documentarse y de los directores de algo, y de …, en general, de los humanos.

Qué imperfectos somos (Capítulo 2)

Eran como nuestros niños, iguales.
Durante los tiempos anteriores al descubrimiento y colonización de estas regiones, la Quebrada era el camino de los incas. A pesar de la aculturación sufrida debido a la acción colonizadora, pasada y actual realizada ahora por su propio pueblo aún practican algunos de sus rituales y mantienen otras formas culturales. Sus ocupaciones son antiquísimas y no poseen los títulos de propiedad de sus tierras. Siguen siendo perseguidos y amenazados por terratenientes, e incluso, algunas comunidades sufren severas represiones policiales o son “animados” a abandonar sus tierras con cierre del paso hacia los centros poblados donde venden sus productos.
El niño vendedor cuidaba de una cabrita porque él era ya grande. Cada día le daba de comer y la ordeñaba. Sus hermanos hacían lo mismo, y sus padres también lo hicieron y sus abuelos y …
Yo volví a mi mundo. Atragantada.
Tardo en adaptarme a mis gustos, a mi comodidad, a mis palabras, a mis gestos.
Convivo difícilmente con la desigualdad, con la falta de libertad, con la injusticia y la estupidez de esta etnia nuestra, que cambia las palabras, inventa frases que nadie entiende para endulzar y negar la amargura de tanta indolencia. No quiero olvidarme de esos recuerdos. No quiero. Me proporcionan el peso necesario para no desequilibrarme demasiado.
Ni siquiera las religiones del mundo han logrado ennoblecer a tanta conciencia entregada al rezo y al reconocimiento de Dios. Qué imperfectos somos.
Autora invitada: Julia 

jueves, 14 de noviembre de 2013

Agua de España (Capítulo 1)

Un despertar azorado fue el recibimiento del miércoles a Toñito el basurero. Estremecido, percibe el momento en que abrió los ojos: respiración entrecortada, 106 pulsaciones por minuto, golpes de fuerte sudor y rápidamente tensionado. Pavor, pero por qué, de qué. Estrechamente abrazado por la sensación de una catástrofe desconocida aún pero cargada de realidad. Estaba seguro de no estar viviendo un sueño, o mejor una pesadilla.
Ya no fue capaz de cerrar los ojos, tanto por el miedo como por la suciedad. Se le ocurrió hacerlo en un intento de dormir como fuera para huir o refugiarse de lo que le ocurría. Sus párpados no recibían la orden de su cerebro. Se estaba haciendo daño en las palmas de las manos con las uñas largas y ennegrecidas al apretar los puños.
Trató de concentrarse en el sentido del oído. Un goteo a intervalos de unos 3 ó 4 segundos entre gota y gota. Ningún ruido más, ni siquiera silencio.
Un ambiente cargado.
La vista era inútil, ni siquiera se acostumbró a la oscuridad como para distinguir siluetas. Le perseguían las brumas luminosas que le penetraban por todos sus poros y le rodeaban incitándole a tragar y tragar.
El olfato fue el siguiente sentido en el que fijó su atención. No tuvo que inspirar. Un tufo a salfumán mezclado con orín rancio le provocó y por unos momentos le conquistó por la fuerza. Sus partes estaban muy húmedas y al oler su mano comprobó que no era a causa del sudor como hubiera deseado que fuera. No sabía cuántas horas llevaba durmiendo, no podía saber si parte o la totalidad del orín rancio podría ser suyo. Al estar en posición fetal comprobó, sin gran esfuerzo, que se encontraba calzado con botas. Estaba totalmente vestido, incluso con una especie de gabardina.
Hasta ahora el miedo no le había permitido tomar la iniciativa para hacer más averiguaciones.
Debía pensar, una tarea harto difícil teniendo en cuenta su estado.
El gusto. No tenía gusto. La boca la sentía tan seca que parecía que hacía siglos que por su lengua, su paladar y sus labios no había pasado ni una sola gota de saliva.
¡Dios, qué sed!
Escuchó su pensamiento pero no identificó su voz.
La cabeza, sólo ocupada por un fuerte dolor, le avisaba de que algo había para justificar ese rabioso malestar, la resaca, clínicamente denominada jaqueca de resaca, causada habitualmente por la ingesta desmedida de alcohol
Y revivió entre los ardores, el frío y su miedo que no cesaba, cuando su abuelo prohibió que siguieran vendiendo colonia a granel concretamente Agua de España se llamabaa los borrachines de la plaza que venían a comprarla por litros 0.25 ptas. el litro al averiguar por boca de uno de ellos que la utilizaban para bebérsela. Una noche a la intemperie para que se evaporara la fragancia, obteniendo un alcohol de alta graduación y con cierto sabor a jazmín o a claveles. Vete tú a saber.
Toñito, por más esfuerzos que hacía, no lograba recordar. Sabía que sus últimos pasos los dio con Felo, el chófer, y por deducción podría estar en su casa. ¿Y el miedo? Aún más, ¿y el terror que lo paralizaba? Se incorporó lentamente para no romper el silencio utilizando como referencia sonora el goteo. Ahora el miedo era más racional, menos convulsivo.

Agua de España (Capítulo 2)

“Aunque si hablamos del miedo, no podemos hacerlo sólo como si se tratara de una emoción,
aunque esté así considerada. El miedo continúa siendo un enorme y retador enigma científico. No tiene clasificación, no posee ubicación biológica ni historia clínica, no tiene cura ni tratamiento. El miedo es algo tan apasionantemente curioso y extraño que a pesar de poseer una gran utilidad, es verdaderamente dañino, le crecen brazos de abismos entre tinieblas y ambiente de zozobra, aparece la desconfianza en los arrestos frenando la confianza propia, turba, desecha deseos, provoca una insufrible inercia que paraliza, se trata de un fantasma que espanta al más osado valor. Un arma de doble filo. Esta incógnita tiene tratamiento de irracional, lo que no se sabe hasta cuándo, pero casi seguro de que a lo largo de la primera mitad del siglo XXI ya se dispondrán de datos científicos sobre él”. ¡En medio de esta emboscada física, aún podía pensar!
Le quedaba el tacto. A Toñito la agitación se le había aplacado, irguió su cuerpo y empezó a tentar a su alrededor estirando los brazos ante sí buscando inseguro obstáculos invisibles. Avanzó lentamente, arrastrando sigilosa y tímidamente los pies hasta una pared. Notó sus abollones, la humedad y la pintura que se desprendía con el roce de sus dedos. De repente algo frío, lo que supuso era un espejo. Lo golpeó con suavidad con el nudillo índice cerciorándose de la suposición. No recordaba absolutamente nada. “Esta vez la tajada tuvo que ser descomunal, de hecho, el olor del sudor era etílico y los ojos le ardían”.
En un acceso de angustia sacudió la cabeza tratando de detener los colores que circulaban a gran velocidad alrededor de su cabeza. Sus ojos descubrían unos rayos de luz a ras del suelo que salían seguramente de lo que sería una puerta. Se olvidó del miedo y tropezó con lo que bien podría ser una botella, indudablemente no de agua. Tocó madera y tanteó buscando un pomo. Por fin, un pomo, lo giró. Tiró de él y abrió la puerta.
Recordar su nombre no era gran cosa, sólo era un punto de partida.
–¡Joder, qué dolor de cabeza!
Empezó la operación del sentimiento de culpa –inherente a toda borrachera agravado con una bajada en picado del amor propio. Sentir asco de uno mismo es la peor de las sensaciones.
La panza de burro derramaba una luz fantasmal. Estaba solo. Había escapado del ojo omnividente de familiares e inquisidores, pero no de sí mismo, del miedo resonando en el cuerpo, de la voz ardiente que no reconocía, del dolor y de sus pensamientos despedazándose ferozmente.

miércoles, 30 de octubre de 2013

Cartagena de Indias. Colombia.

Estuve en la casa de Gabo, así llamaba familiarmente a Gabriel García Márquez su hermana.

Fue fácil.
Nos recibió ella porque el escritor estaba de viaje. No recuerdo el nombre de aquella mujer, sólo sus ojos profundos y su sonrisa complacida por la visita –¡veníamos de tan lejos!– y ofrecía su hospitalidad, invitándonos a limonada, a refrescos o a café. Todos estuvimos de acuerdo, café. Era por la mañana. Los ventanales, abiertos de par en par y la luz entraba a raudales en aquella estancia donde tal vez Gabo habría pasado horas pensando sus dos novelas escritas en Cartagena de Indias, Del amor y otros demonios y El amor en los tiempos del cólera.
La hermana colocó la bandeja en la mesita central y mientras repartía las tacitas y disponía el espacio, echaba la cabeza hacia atrás y suspiraba risueña regalando dulces con nombres atrayentes: pastelillos de ajonjolí, panderitos de yuca, fantasmas de merengue y caballitos de papaya.
Respiré profundamente e imaginé, sentado en el sillón que yo ocupaba en ese momento, a Eduardo Galeano, y me pareció escuchar las voces de otros poetas y escritores amigos que acudían al atardecer, con la fresca, con sus palabras guardadas en hojas impresas o en tarros de cristal o en latas de galletas inglesas, donde las exponían, las cambiaban, descubrían sus secretos, hablaban sobre las que más contenido o significado poseían, discutían sobre el alcance de unas u otras, las que más abarcaban, las cifradas para mensajes escondidos, las preferidas, las profundas; incluso rebuscaban para encontrar palabras desconocidas o para recuperar las que se habían perdido.
Me hubiese gustado haberle dejado un mensaje al escritor.
Escritor, Gracias.
Escritor, ¿tal vez pensó en otro final para Crónica de una muerte anunciada?
Escritor, ¡me conmovió tanto su Relato de un náufrago o Cien años de soledad!
Escritor, estoy emocionada porque usted supo elegir las mejores palabras, las adecuadas, las exactas, las más brillantes, las más estremecedoras, las que contenían resignación, miedo, esperanza, sutileza y delicadeza, desesperanza, amor, emoción, tensión, amistad, tristeza, soledad y silencio.

Autora invitada: Julia


jueves, 24 de octubre de 2013

Resignación (Capítulo 1)

                                   
 “Sierva te doy, que no esclava”
                              Las palabras del párroco Relio –como lo llamaba la feligresía– sonaron contundentes, rabiosamente taxativas, más que amables y cariñosas.
                              El beso que sellaba el contrato estaba bañado, como los bombones de licor, en ron y vino añejo de un día atrás, pero ella lo recibió con la dulzura del chocolate. A la salida, arroz y vítores al viento.
                              Desde muy joven, Luis tuvo a bien declararse ateo. No le fue fácil dar con una mujer de nobles sentimientos y dulces maneras. Religiosa, muy religiosa, por eso quedó  resignada con esta debilidad de su estrenado marido, porque ella no temía a Dios. Pocas veces hablaban de asuntos de fe.  Purita se sabía protegida por la Santísima Trinidad a medias, ¡ya vería cómo arreglaba este desencuentro con el Todopoderoso! Aun así, Luis había consentido la boda por la iglesia –desde luego resultaba más vistosa y notoria.
                              Él era un hombre común y corriente en general –salvo en lo de declararse ateo, que fue su único pensamiento trascendental, no evolucionó a más–, con sus ataques de mal humor sin motivo aparente, con sus euforias esporádicas y sus ausencias sin aviso previo, con su desprecio frecuente por los que no pensaban como él, y con la ingrata certidumbre de que la mejor hora para querer era la que a él se le antojaba. Por eso, a las hermanas de Purita les parecía inaudito la condición de perpetua enamorada que se desprendía de sus ojos y de su sonrisa.
                              Hubo boda religiosa, banquete con baile y viaje de novios.
                              Nadie supo cómo fueron esos días y esas noches ni cómo los primeros sueños de casados.
–Purita, en lo que te vistes, bajo al bar. Te espero allí, no tardes.
–¡Pero si ya estoy. No tardo ni un minuto y bajamos juntos a cenar!
–¡No. Venga, venga!
                              A ella le hubiera gustado compartir con risas y guiños esos momentos en los que la felicidad le estremecía todo el cuerpo, en los que la habitación aparecía desordenada tal y como ocurre después de una función “de fin de algo” con ese olor a sexo que embriagaba, quedarse abandonada junto a él plácidamente, parando el tiempo. Los romanos deben tener razón:”post-coitum homo tristum est” y Luis necesitaba de libaciones etílicas para reanimarse. “En fin, hay que ser comprensiva. No queda otra. Al fin y al cabo, había tenido suerte, es un buen hombre, y será un buen padre y un buen marido”.
                             


Resignación (Capítulo 2)

                    Él estaba sentado en la barra, de espaldas a la puerta, enfrascado, nunca mejor dicho, en una amena conversación con el barman del hotel y acompañado, cómo no, por el güisquito de rigor.
– ¡Hola Luis!
– ¡Hola mi amor! ¡Qué guapa! Mire, esta es mi esposa.
                              Y el barman deferentemente y con cara de profesional:
–Mucho gusto, señora. Mis más sinceras felicitaciones. Espero que ustedes sean muy felices. ¿Desea un aperitivo?
– ¡Tómate algo! –la animó Luis.
–Bueno. Póngame un “Martini blanco”, por favor.
                              Purita permaneció de pie junto a su marido, y este junto a la barra. El taburete alto no era el asiento idóneo para un vestido de cena romántica.
                              Luis apuró el güisqui y le indicó a su nuevo amigo que le sirviera otro. Seguramente, con la intención de acompañar a su esposa. Pasaron casi 35 minutos de animada charla con el barman, que se llamaba Antonio. Charla intercalada con pequeñas interrupciones para atender a otros parroquianos que se acercaban por el bar y que Luis aprovechaba para cumplir fugazmente con su acicalada esposa. En una de esas, que Purita se atreve a mostrarle su apetencia de cenar junto a su recién estrenado esposo, él, ocurrentemente, le ofrece que tome asiento en la mesa del restaurante.
–Vete pidiendo, Purita. Me acabo la copa y voy para allá. Te lo digo para que no estés aquí de pie como una estatua –añadió.
                              Luis se preocupaba de la comodidad de Purita.
  – ¿Qué desea cenar la señora? –atentamente el maitre.
–Estoy esperando a mi marido, gracias.
– ¿Le gustaría tomar algo mientras espera?
–Gracias, estaba tomando un Martini en el bar.
–No se preocupe, se lo traeré.
                              El maitre, con paso ético, se dirige al bar y recoge la copa de la señora y aprovecha para avisar al entretenido esposo de que su señora esposa lo espera sentada.
–Dígale que vaya pidiendo. Voy enseguida, espetó secamente.
–Purita, no me gusta que mandes a nadie a buscarme.
–Pero si yo…
– ¡No coño! No soy ningún niño para que me tengan que ir a buscar.
                              Algo molesta, osa contestarle:
–No he mandado a nadie a buscarte. Y apartó su mirada hacia ningún sitio.
–Bueno ya está, pero no lo hagas más.
                              La cena transcurrió aburrida. Frases cortas con esforzada amabilidad y simpatía. La conversación, si se le podía llamar así, en ningún momento alcanzó el grado de amena, y mucho menos interesante a pesar de los esfuerzos de Purita.

                              Ya en la cama, ella pensó en que su rol pasaba por ir conociendo, poco a poco, sus deberes de esposa fiel y diligente. Saber los usos y costumbres de su hombre para que la empresa llegara a buen puerto. La madrugada la acompañaba en sus pensamientos mientras Luis, al otro lado, dormía sus güisquis –durante la cena apuró otros tres que le sirvieron para no volver al bar y que ella, habilidosamente como le correspondía, lo arrastrara hasta su habitación. 

Resignación (Capítulo 3)

                                   Toda una mujer de su casa. Ya se lo había ordenado D. Relio: “Sierva te doy…” y su bisabuela y su abuela y su propia madre se lo habían advertido aconsejándola. Ese determinismo familiar que herencia tras herencia iba de abuelos a nietas y de madres a hijas… Ese hipócrita y despótico régimen familiar que tiene como lema: “Todo para la mujer pero sin la mujer”, trenzaban un oscuro futuro para la pareja.  
                             
Purita, mujer del siglo XX, y afincada ya en el siglo XXI, convivía extrañada y confusa entre lo aprehendido mamado y grabado a fuego, y las nuevas y revolucionarias tendencias femeninas. Mujer de las de antes, de las que fregaban el piso de rodillas y que se acercaban más al estilo de vida de una geisha inculta que a una hembra emancipada. ¿Qué hacer? ¿Traicionar las enseñanzas ancestrales de las mujeres de su familia, –lo que se consideraría un desprecio, un insulto– o traicionar a esas extrañas que se hacen llamar camaradas de campaña de la ola feminista?
                              Dos hijos en tres años acabaron con sus dudas. Los designios del Señor, o mejor dicho, de su señor la obligaban a tomar “el camino de siempre”. Simplemente no quería complicaciones. Ella buscó mil maneras para quererlo y para que él la quisiera, pero se le gastó el cariño y la necesidad y el humor y las ganas de conversar para hacerse entender, no consistía sólo en no entrar en conflicto, únicamente buscaba espacios de paz para su familia, cierta estabilidad en ese abismo que se abría inexorablemente.
–Néstor, será mejor que te metas en la cama antes de que llegue tu padre, si no, ya sabes lo que va a pasar cuando se entere de tu suspenso.
                              Néstor, a pesar de sus doce años, pareció oír la voz del coco, como si su madre hubiera mentado al mismo Satanás, se apresuró a meterse en la cama, con la sábana inmaculada encima de la nariz y con los ojos abiertos de terror, a la espera del clásico sonido de la puerta –ya los cerraría según las presencias.
–¡Lo de este niño, que hace lo que le da la gana como tú, ya me está hartando. Y es culpa tuya, que lo consientes y le tapas todo!
–¡Luis, sólo es un suspenso en Inglés. El niño necesita clases particulares ya!
–¡Claro, claro, ahora le voy a pagar YO al vago de TU hijo unas clases particulares. Tengo cosas más importantes que el Inglés del niño!
                              Las palabras de Luis dolieron como puñales al rojo vivo. Esa primera persona que acaparaba la economía familiar y esa segunda que eludía las responsabilidades le estallaron en el cerebro y le aleteó el corazón.
                             Purita hacía y Luis deshacía. Purita llenaba la casa de calor y dulzura y Luis la enfriaba con desplantes. Purita construía una familia en la que imperaba el amor y el respeto y Luis la derribaba con sus palabras malsonantes y sus ausencias inexplicables. Triste Purita, pobre Purita.
                              La joven y bella esposa había perdido su lozanía. Su pelo, aunque siempre limpio, cuidado y peinado se había estropajado, sus ojos olvidaron el brillo, su piel se había fruncido y su semblante, el espejo de la sumisión dulce. Hasta en el vestir resultaba descuidada. Triste Purita, pobre Purita. Su sonrisa ya no tenía el revuelo de la juventud, aun siendo joven. Pobre y triste Purita.
                              Desde hacía unos meses los horarios de Luis eran intempestivos, muy variables, inesperados. Horarios poco familiares, con olor a leña de otro hogar, con calor de otra cama. Su trato cada vez más arisco, más distante, más desagradable e ingrato.
                              Era la indiscutible hegemonía del hombre. Las cosas como son.
                              Purita cumplía dominicalmente con sus deberes cristianos y aprovechó una misa para asaltar a D. Relio y pedirle audiencia.
                              El cura tenía una edad indefinida, aunque parecía joven. Su corriente religiosa no comulgaba con la de las nuevas generaciones, esas que se acercan a la teoría de la liberación, tampoco con los rigoristas vaticanos, pero sí la de los que se supone están con los nuevos tiempos. Además, mantenía su galanura tras el alzacuello, atraía con su magnetismo religioso a las feligresas y llevaba el tiempo suficiente en la parroquia como para conocer sus entresijos y a sus moradores.
–D. Relio, tengo miedo. Luis ha cambiado mucho y parece no estar a gusto en casa. Su mal humor va en aumento, ya no es tan cariñoso con los niños como antes. Y conmigo, D. Relio, conmigo es un extraño, me rehúye.
                              Don Aurelio, que así se llamaba:
–Purita, Purita…

                              

Resignación (Capítulo 4)

                       
                               La voz del cura sonaba a suave reproche. Le hizo ver que se sentía defraudado. Le hizo ver que no tenía
claro su papel de amantísima esposa y abnegada madre. La hizo sentir responsable. Y lo que es más grave aún, la hizo sentir culpable. “Los del alzacuello son los mayores profesionales en el arte de la manipulación. ¿Hay alguna duda?”
–D. Relio, no sé qué más hacer. Creo que hay otra mujer.
–Procuraré hablar con Luis, pero Purita, piensa, no te falta de nada. Tienes tu casa, unos hijos adorables que van a buenos colegios, vacaciones en la playa… Luis trabaja mucho para ustedes. El hombre necesita desahogarse de tantas responsabilidades. Quizás sólo está cansado, agobiado por los problemas. Tú no sabes lo que cuesta sacar a una familia adelante. Ten paciencia, mujer. Resignación.
–¡¡¡Resignación!!! Le vinieron a la cabeza frases que eran sentencias en la boca de su madre: “Así son las cosas y así deben ser”. O ante reclamos de auxilio: “Es joven, mujer, se curará con la edad”.
                              Tras la entrevista con el cura, Purita, salió embotada de sentimientos: dolor, rabia, impotencia, soledad…Ninguno grato. Pero al menos, las cosas estaban claras. Ahora sabía qué hacer: resignarse.

–Luis, el viernes es el cumpleaños de la niña, querría hacerle una fiestita el sábado con sus amigas.
–El sábado…, el sábado… Mal día. De todas formas si es para las niñas…
–Pero, ¿no vas a estar?
–No, el sábado no puedo.
–Bueno, Luis…
                              Dejó la cocina y se sentó en el salón frente a la tele en actitud de “no molestar”. Un cartel, una pose que adoptaba últimamente, con mucha frecuencia. Purita tuvo miedo de suspirar. Sabía que eso molestaba a su marido.
                              Las noches en el tálamo transcurrían frías y largas, sus ojos conocían el techo de la habitación con la precisión de un topógrafo, y en muchas de ellas las lágrimas caían en secreto silencio a la almohada. Las ojeras, el único maquillaje de su cara. “¿Por qué razón Luis susurraba desde el teléfono de la alcoba?”
                              Preguntas que tenían una simple explicación y que Purita solucionaba con otra típica frase de la madre: “Ojos que no ven, corazón que no siente”. El corazón de Purita iba a estallar, pero resignación.
                              Durante el cumpleaños, las madres de las otras niñas susurraban. Qué triste está Purita, qué desmejorado su aspecto. ”Han visto a Luis salir del bloque de “esa”. Cada día se oculta menos”. Un secreto a voces que Purita no quería revelar a su familia.
                              “Que pase el tiempo, el tiempo todo lo cura; el tiempo pondrá las cosas en su sitio, es pasajero”…Mensajes que consolaban su desesperación, aunque el tiempo se encargaba implacablemente de hacerles perder valor y sentido. Y cambiaban entonces. “Esta es su familia, tiene dos hijos conmigo; sus hijos son lo más importante, no nos puede dejar”…Los mensajes se convertían en gritos de auxilio. Ni el eco de su mente le daba respuesta alguna. Solitaria resignación.

Resignación (Capítulo 5)

                      Luis pertenecía a ese tipo de gente que supone que tu vida no tiene sentido sin su existencia. Y mantenía hasta la saciedad esa actitud arrogante hacia su esposa. Unida a un profundo desprecio por ese ingrato trabajo conocido como “tareas del hogar” en el que tanto esmero y cariño ponía Purita. La irrespetuosa consideración la hacía parecer inferior y empezó a sentirse cínica ante todo lo relacionado con la vida. Su vida matrimonial se inició con un aterciopelado ocaso e iba derivando en un oscuro y triste otoño lleno de abúlicas esperanzas. Desgraciadamente para ella, seguía llena de normas interiores heredadas que actuaban como freno a sus deseos. Los primeros rayos de luz que aparecieron el día de su boda desaparecieron lentamente, al igual que al anochecer los niños abandonan una calle agradable.
                              Hubo un tiempo en el que Purita pensó acudir a las mujeres de su vida que significaban algo así  como “el gran consejo de ancianos”, pero por parte de su familia conocía la respuesta que se acercaría mucho a la de D. Relio; y por la parte política, la imagen resultaba poco halagüeña. Su suegra era una mujer de malas mañas, de entrañas tan rizadas como los nudos de su mugriento pelo. Huraña con los que quería ser huraña y falsa y estridente con los otros. Sus axilas hedían a lepra como su halitosis. Triste Purita. Pobre Purita.
                              La soledad  se  le manifestaba cada vez más envolvente, sólo gracias a la vida de sus hijos se podía alimentar del aliento para seguir viviendo. Ella les dio la vida, y ellos, agradecidos, se la devolvían en el momento más delicado de su pobre y triste existencia.
                              No molesta el inculto sino el que desprecia la cultura por no querer sentirse inferior. Este es el caso de Luis; su prepotencia le impedía evolucionar. Mantenía el temperamento del que hay que sujetar a palos.El lunes, 24 de enero, Luis fue hospitalizado, el malestar  de estómago no disminuía.  El cirujano extrajo una moneda de las antiguas pesetas en una operación de urgencia –se la había tragado cuando tenía tres años y nunca apareció. Entre su desordenada vida, a pesar de los cuidados esmerados de su mujer, y los daños irreversibles de la moneda que habían horadado las entrañas del cabeza de familia, Luis tenía los días contados, la vida se volvía imposible en aquel cuerpo maltratado.
                              “La religión proclama la tolerancia y la benevolencia…
                              El hombre es el que ha llevado el peso de la historia en su afán de proteger a la costilla más débil... Ha llegado a la mortificación en su labor…
                              La ética monoteísta cristiana subyuga a la mujer por su bien. Esta debe ser consciente del papel preponderante que el Señor le ofrece al concederle el poder divino de engendrar”. Oía Purita el sermón dominical de D. Relio con resignación.
                              Purita abandonó la sacristía ese domingo con una expresión dulce, serena, y con paso seguro se dirigió a su casa.
                              Desde el salón de su casa escuchaba las noticias que emitía la radio. Al parecer D. Relio, el párroco, había aparecido muerto en la sacristía de la parroquia. La estola podría haber sido el instrumento del presunto estrangulamiento. También se encontraron bolas de papel en su boca que  contenían el sermón que había pronunciado en lo que fue su última homilía. Descanse en paz el barrio de …
                              Purita cambió el dial y comenzó a escuchar  música folclórica. Resultaba más agradable en lo que preparaba la merienda, hoy especial para ir al parque con sus vidas, con sus hijos.
                             


lunes, 21 de octubre de 2013

La Nácar-Colunga (Capítulo 1)

Cada día, mes y año, excepto en vacaciones,  me vestía de azul marino con una blusa blanca y medias canelas y me dirigía al colegio de vestales, donde las vírgenes practicábamos la vida, hacíamos gimnasia y aprendíamos a ser sumisas, dóciles para un marido inexistente aún, futuras madres de sus hijos o hijas, también estudiábamos mucho y entre otras actividades, cuarenta días después de carnavales, repetíamos de memoria la pasión y resurrección de Cristo (evangelio según S. Lucas, creo) –que era una tortura para mí- y hacíamos los ejercicios espirituales, que me sacaban de la rutina del curso escolar porque durante horas y días consecutivos, se celebraban en un recogimiento absoluto. Los pupitres vueltos hacia la pared, el salón a media luz con el fin de conseguir un ambiente de reflexión, de contricción y de escucha por si Dios te llamaba. Apenas se oía el suave susurro de las hojas de cebolla de los libros sagrados de las allí congregadas. Yo organizaba mi mundo con la Nácar-Colunga la Biblia y  levantaba trincheras, me aislaba totalmente, miraba estampas benditas que nos regalábamos las vestales o comprábamos en la calle La Peregrina y leía con verdadera fruición. Yo era totalmente feliz. No había clase, y si no fuera porque tal vez Dios me llamara, incluso me encontraba radiante, tanto que me hubiese gustado caminar por el aire pisando suavemente las cabezas de mis compañeras, dar volteretas por aquel enorme salón y enseñar todas las historias e ilustraciones pequeñitas que me encontraba en aquel libro que, después de ciertas novelas de Pérez Galdós, era el que más me gustaba. En ese momento, un autor proscrito por su anticlericalismo; sin embargo, no se producían en mí contradicciones. Yo pensaba que D. Benito no sólo tuvo que pasar una vez por el Purgatorio, donde estaba amenazado por un ángel con una espada de fuego que tenía vida propia, sino que después de años muerto, volvía a ser juzgado, condenado y perseguido con la espada de fuego, esta vez en la mano del Obispo de la Diócesis. Aunque no me extrañó nada. En la historia sagrada aún pasaban cosas peores.