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viernes, 9 de diciembre de 2016

Vuelta atrás

Un paquete de Vencedor sin filtro y un paquete de Partagás.
En aquel tiempo se despachaba tabaco a los niños. Y corría como una liebre calle arriba al estanco de Horacio.
    Horacio, que dice mi abuelo que me des un paquete de Vencedor…
    …sin filtro y otro de Partagás.
No me dejaba acabar. Ya conocía el pedido.
    Se lo apunto.
    No, no. Me dio el dinero.
    Venga trae.
Le daba una moneda de 25 pesetas y él siempre me daba mal las vueltas para comprobar si estaba vivo, como él decía, o no.
Horacio, me tienes que dar 20 pesetas y aquí tengo 15. Falta un duro.
    ¿Seguro?
A mí, aquel ¿seguro? Me sonaba a cachetada. No me hacía ninguna gracia. Que dudara de mi honestidad, a pesar de mis pocos años era un grave insulto. Mi abuelo me inculcaba la importancia, la vital importancia de tener un comportamiento intachable.
La mayoría de las golosinas se vendían a granel, al peso. Un sábado por la mañana íbamos mi abuelo y yo a comprar el pan y la prensa. La costumbre era elegir una chuchería y me compraba una bolsa. Aquel sábado opté por pastillas de goma. Abrí el tarro de cristal donde se guardaban, cogí una palada y las metí en la bolsa de plástico que puse sobre el mostrador junto con el periódico y el pan; mientras, mi abuelo conversaba con Horacio sobre el mal horario de los “Micros” (que así se llamaban a los coches de hora, a las guaguas de la época). Sin malicia cogí una pastilla de goma y sin ocultarme la metí en mi boca y la chupé disfrutando su sabor a fresa, que fue la que me tocó. Acabada la conversación, Horacio pesó las gominolas y le dio la cuenta.
    59 ptas., Terio.
Al doblar la nevera, -que así llamábamos a la esquina entre la carretera y la bajada al Bebedero, mi calle, porque justo la doblabas, te llegaba una intensa corriente de aire helado-, me pregunta mi abuelo:
    ¿Cogiste una pastilla antes de que Horacio pesara la bolsa?
    Sí, de fresa, abuelo, pero prefiero las marrones que son de cola.
Respondí con la inocencia del que no se sabe culpable de nada.
    ¿Y se lo dijiste a Horacio?
En ese momento, por su tono de voz y por una rápida reflexión del hecho, con la voz insegura dije:
    No, no. Y me paré.
Me estaba mirando. Sentí miedo y una gran vergüenza. Di media vuelta y temblando volví al estanco. Había gente y esperé, pero Horacio me pregunta:
    ¿Qué olvidaste?
    Nada, nada. Es que…Y miré a la señora Bertina, la tía de José Manuel, el de la casa de la higuera junto a la barbería.
El estanco quedó en silencio y ambos me miraban curiosos viendo mi miedo, viendo mi vergüenza, y esperando a que dijera o hiciera algo. Fueron segundos larguísimos hasta que sentí el calor de la sombra de mi abuelo colocado en la puerta. No me atreví a mirarle. Entonces...
    ¿Horacio que… Que cuando estabas hablando con mi abuelo…Cuando estabas hablando con mi abuelo, yo cogí una pastilla de goma y me la comí, y no te dije nada, y no te la pagué.
Fue un momento larguísimo en el que noté el calor del rubor y me sentí abatido, como si mi honor, el de un niño de 12 años, se hundiera. Algo que yo defendía como si de un caballero de la tabla redonda se tratara. La figura de Terio, centrada en la puerta, le indicó a Horacio que debía actuar con contundencia. Saqué una pastilla de goma, de fresa, de la bolsa y se la devolví. Horacio se mantenía en silencio y la señora Bertina también. Terio imponía y no se atrevieron a minimizar mi acto. La vuelta a casa fue toda una odisea para mí. Estaba deseando llegar y alejarme de esa presencia que tanto me intimidaba y a la que tanto adoraba. Defraudarle suponía una pequeña muerte. Una lección de sudor y lágrimas. En aquel rincón donde me refugié al llegar a casa, hubo un momento en que le odié. ¿Cómo él se atrevía a herir mi orgullo y a cuestionar mi integridad? Él, él, que elogiaba mi comportamiento cívico, esmerada educación, mi madura personalidad y mi concepto de los valores humanos. Él, que me había instruido en todo ello, lo había destruido de un plumazo y por una puta pastilla de goma. Me costó entender el mensaje y me vio tan abatido que se apiadó y tras un abrazo y un beso en la mejilla me explicó las razones de su actuación.

    ¿ Toñín. Tú mismo hubieras destruido tu imagen si Horacio pensara que había mala intención en comerte la pastilla. Yo sé que no, y Horacio, seguramente, también, pero no puedes arriesgarte a que se pueda dudar. Hay que ser honrado y parecerlo. Quizá esto último es más o tan importante.   

lunes, 7 de septiembre de 2015

POSTAL DESDE EL INFIERNO

Lasaha es un pueblo en la frontera de Nigeria con……Somos 117 habitantes hoy, mañana no sabemos porque la natalidad no juega con la mortalidad un papel coherente. El martes 117, el viernes 119, el domingo 111. Sin estructura económica más que la de subsistencia. La social data de hace siglos al igual que la justicia y la política. Aún así, y visto lo que he visto, considero a mi pueblo civilizado. Un rey elegido por su sabiduría y no por su linaje. Aquel que más reportara a su pueblo adquiría por derecho la responsabilidad de gobernar los designios de sus iguales. La justicia se aplicaba según el razonamiento de la mayoría y no por el de los afectados. La ley del Talión, sin conocerla, nos parecía, en muchas ocasiones desproporcionada. Debemos tener en cuenta que el delito de robo no existía en Lasaha. No había pertenencia que pudiera ser codiciada, ni manera de disfrutarla si así fuera.
Emigré hacia un sueño mejor, que no era el mío. Dejé atrás los sueños de mis hermanos y hermanas pequeños, de tíos y tías, primos, madre y padre, incluso mis abuelos albergaban esperanzas. Ellos dormían con la imagen de un hombre que traería el sustento diario. Y eso les aliviaba el hambre. El verdaderamente pobre requiere de muy poco para saciar su necesidad más fundamental. Lo sé. A veces te acuestas pensando que mañana comerás y ese pensamiento disipa el dolor del estómago vacío.
Nuestra felicidad distaba mucho del concepto que tenían los pobladores de los países que conocí. No era conformista sino realista. Vivíamos felices con un plato de comida al día y también con dos platos a la semana. Pero el hambre no conoce la felicidad. Las barrigas infladas de los niños y los esqueléticos cuerpos de los ancianos junto con las desdentadas bocas juveniles no eran espectáculos que inspiraran gratas emociones. El ingenio despertado por la necesidad te inducía a explorar nuevas posibilidades. Atraídos por los ecos del más allá, las pocas fuerzas de las que disponías te incitaban a emigrar. La idea era muy sencilla: “Peor no puede ser”. A nuestro pueblo, a Lasaha, habían llegado por fuerza eólica páginas que mostraban casas de ladrillo con más de dos y tres plantas, coches en los que podría vivir una de nuestras familias y establecimientos con comida empaquetada suficiente para saciar a la oscilante población de Lasaha durante varias lunas y soles, lluvias y sequías. Ropas con ornamentos que nos quitarían el frío y nos cubrirían del calor a varios de nosotros y las portaba una sola persona.
No nos queremos ir. No nos gusta abandonar nuestra casa de barro y a nuestra gente. Queremos más de lo que tenemos porque no tenemos nada.
En Lasaha los días duran 24 horas y el año 365 días. La sed te reseca los labios, el hambre te da dolor de estómago, la arena quema las plantas de tus pies. Todo igual que en Detroit, Madrid o París. ¿Cuál es la diferencia? Creo que la diferencia radica en la localización de las coordenadas -líneas imaginarias situadas ordenadamente en el espacio terrestre-, que te vieron  nacer, crecer y morir. Veo a mi prima con doce años ir a por agua. Son 3 km. y medio acarreando un bidón de 5 litros. Actividad diaria. Observo a mi hermano salir con 14 cabras a por pasto caminando 11 km. Actividad diaria. Muy diferente a la natación, piano, ballet o judo de sus semejantes a 3000 km de distancia. Con la misma edad, con los mismos sentimientos, con ilusiones, con…Y sin…
Nuestras aspiraciones eran muy sencillas. Únicamente queríamos vivir o morir sin dolor. Nos planteábamos cómo podía ser tan diferente la vida de los hombres, cómo podía ser que tu basura pudiera convertirse en mi sustento. Una vez vimos televisión y no dábamos crédito. Una calle de New York repleta de riquezas tiradas en la calle y la gente no reparaba en ello. Estaba claro que no las necesitaban y para nosotros era un potosí.


domingo, 2 de agosto de 2015

El género humano invisible

O
Oscureció. De repente la ausencia de color. Negro pálido enlutado de tristeza, de melancólica añoranza, con tonos grises de pérdida, de adioses, de ceguera. Un agujero negro azabache se atrincheró en mi cuerpo y la primavera y el verano abandonaron mis sentidos dando su lugar al otoño y al invierno que se manifestaban en lágrimas como la caída de las hojas y ríos de sangre helada como los gélidos lagos. Estaciones que marcaban mi ánimo y no le permitían ver el sol ni sentir calor.


Físicamente el cuerpo me pedía salir de ese estado y psicológicamente el cerebro reclamaba luz. Una sonrisa se había convertido en un rictus feo y sin armonía. Se me habían agrietado los labios por mi bioclima y al intentar sonreír me sangraban del esfuerzo. Desistí. Mi mayor y única obsesión era posicionarme en el no pensamiento. Una mente tan negra que me hiciera imposible tener la menor de las ideas o el mayor de los recuerdos para no atormentarme. En mi vida, ¿vida?, reinaba, en régimen absolutista, la horrible sensación de no querer vivir.
Desde los 13 años cuidaba de don Marcial que inició sus juegos con mi culo sobándolo a la hora del desayuno, cuando esmeradamente se lo llevaba en aquella bandeja de plata a la cama. Por aquel tiempo contaba con la ayuda de “ña” Pilar. Era imposible que yo asumiera todas las tareas. Aún no contaba con la fuerza suficiente para dominar el peso muerto del inválido enfermo, y rico, muy, muy rico. Y caprichoso, muy, muy caprichoso. Y tirano, muy, muy tirano. Debió de ser todo un galán en tiempos no muy lejanos y su fama le precedía. No me desagradaban las manos de don Marcial, claramente las prefería a las de mi padre que abofeteaban mis nalgas como si de arrear un caballo se tratara. Por esos años, mi trasero no conocía más apéndices que los suyos. Ambos con el mismo interés y con tanta diferencia a la vez. La curiosidad, que mueve el mundo, se apoderó de mí. Quería saber, aunque fuera temprana esa experiencia, el porqué de tanta distancia sensorial en un mismo acto más allá de los protagonistas. Me preguntaba por qué no sentía lo mismo con mi padre, el hombre que ayudó a que yo estuviera en el mundo, que con un extraño como mi señor. No le gustaba ese título, siempre me recriminaba que lo usara diciéndome:
-          Alba, don Marcial basta.
                                     A
Alba es mi nombre y él me enseñó su significado. No pega  con mi piel morena, pelo negro carbón y ojos oscuros, pero es el que tengo. Me extraña oírlo ahora que sé la información que transmite.
Marcial también tiene su significado. No sabía que los nombres propios tuvieran valor semántico alguno. Bueno, en realidad, “solo sé que no sé nada”,  como dijo Sócrates queriendo decir no que no supiera, sino para indicar que no lo sabía con absoluta certeza.  Eso también me lo enseñó mi señor. Perdón, perdón, don Marcial. Todo eso me cautivaba, pero me empeñaba en comprender de dónde salía tanto afán por el saber. Yo, que no sabía nada sino lavar, fregar, coser y cocinar, pensaba que todo el conocimiento, todo el saber, todo eso a lo que llaman cultura se reducía a las acciones que día tras día, los 365,- que Don Marcial también me instruyó sobre la división del tiempo-, hacía desde que mi cuerpo y mi mente habían adquirido razón y posición. Para mí el tiempo se repartía  en las labores de la mañana, las del mediodía y las de la cena. Entonces el tiempo se paraba como los quehaceres. Era la hora de descansar y meditar en todo aquello que no entendía. Era lo que me gustaba del  trabajo en casa de don Marcial, que todos los días, cuando se detenía el tiempo para descansar, tenía mucho en qué pensar. En cambio, cuando él se iba a la ciudad, por eso del médico, y yo volvía a casa de mis padres, el tiempo se tornaba insulso.
C
Cuando el día hacía honor a mi nombre,  sacaba del cajón aquel pañuelo blanco níveo, de tacto sedoso y con un olor a limpio que inundaba mi apéndice nasal haciéndome cerrar los ojos, y lo ponía a acariciar mis mejillas, mis labios y mi cuello. Una experiencia onírica que durante unos escasos minutos me hacía sentir especial, incluso bella. Me hacía suya, quedaba subyugada a él esclavizando mis sentidos. Lo separaba de mí y me hería el desapego. Era doloroso volver a introducirlo en su urna, que era un simple cajón de una modesta cómoda. Respiraba hondo en un largo suspiro de despedida. Entonces, la normalidad. Volvía a verme vulgar. Tanto poder en un sencillo complemento. Pero necesitaba ese tacto, esos mimos que no recibía del ser humano. Ávida de cariño. Más. Siempre se quiere más.
Procuré siempre ser totalmente aséptica en mi trabajo. Ni dar ni recibir confianzas sino ceñirme a mis tareas para evitar confusiones. Pero fue materialmente imposible. Por más que elucubraba sobre cómo zafarme de las garras de la curiosidad por experimentar todo lo que el mundo me ofrecía, no conseguía mantenerme ajena. Era como un amor imposible. Se me ocurrían muchas cosas que transformaba en pequeñas reflexiones y no las escribía porque pensaba que mis aptitudes para la escritura no eran las idóneas, y eso que me animaban para que lo hiciera. Sin complejos, conocedora de mis limitaciones. Un poco soberbia. Ese pecado capital sobrevolaba mi temperamento. Gran observadora, me alimentaba de todo lo que veía, oía o probaba. Una gran aprendiza y una maestra de las de la letra con sangre entra.
D
Descubrí mis habilidades culinarias y decidí explotarlas. Disfrutaba inventando platos que deleitaban los paladares más exigentes. El solomillo, a pesar de ser el corte más caro es el más insulso, así que lo trabajaba poco. Un día cociné un pollo en salsa de ciruelas. Lamí las ciruelas y metí el pollo entre mis pechos antes de empezar  y lo hice con lujuria. Pues transmití esa pasión en los comensales. Noche de sexo en las habitaciones de los invitados. Al parecer tu estado de ánimo se convierte en una especia más del plato que elaboras. Y es verdad. El cariño, la pena, la pasión puedes probarlas junto con las verduras, el pescado, la carne o el helado. ¡Ay, Un pareo! No, no, ¡un pareado!


M
Me embelesaba verle limpiar con ese esmero su pipa, me adormecía observarle proceder en esa tarea. Sus manos limpias, uñas cuidadas y dedos gelatinosos que con el tiempo iban explorando lugares más recónditos de mi culo proporcionándome un placer que me avergonzaba y deleitaba a la vez. Con don Marcial los toqueteos eran diferentes. 
No sé quién es el padre de mi primer hijo ni del segundo, del tercero sí. El sobrino de don Marcial, que en el estío de aquel año vino de visita a pedir dineros a su tío, se fue sin los cuartos dejando una preñada.
Diecinueve años y tres hijos en el mundo.
No estamos en 1800. Hoy es 23 de septiembre del año 2013. Tengo 22 años y don Marcial se empeña en que aprenda a leer y a escribir. Cada vez que cometo un error me castiga pellizcando delicadamente mis pezones. Dice que tenga cuidado con mis pechos para que las maternidades no los deformen. Todos mis hijos han salido muy mamones.
Se llama Marcial. Don es un título, un tratamiento, como él me explicó. Régulo es mi padre. No don Régulo, ni don Benito el del bar, Benito o Beni como le llaman sus parroquianos. Don, conozco dos. Mi señor, perdón, don Marcial y don Severo, el cura de Tamargada, mi pueblo. Don no es cualquiera. Es un tratamiento como me explicó él. ¿Y doña?, ¿existe doña? Conocí a “ña” Pilar, ¿pero era doña Pilar? No lo creo. Tendré que preguntárselo a él.
E
En Tamargada tenía fama de puta por ser madre soltera, aunque ningún varón del pueblo conocía mi cuerpo más abajo de mis trajes, que eran tres. Dos mudas de entresemana y uno para las fiestas. Pero parecía que todos habían visitado mi entrepierna y dejado billete en mi mesa de noche.
Régulo no me trataba como hija sino como puta. El parentesco, al parecer le otorgaba el derecho de gratuidad. Puta me llamaba, pero nunca me pagaba. Los padres de mis hijos tampoco lo hicieron y según don Marcial, la puta, ramera, prostituta, meretriz y más nombres que me refirió eran aquellas que ofrecían sus favores carnales a cambio de un estipendio. También me dijo lo que era estipendio, claro porque si no… ¿Saben por qué se les llamaba “rameras”? Se colgaba una rama de olivo en las puertas de las casas que ejercían tal gustosa actividad, y por eso se las llamó así.
Mis tres varones tenían sello. Todos se parecían a sus padres. ¡Menos mal que no les puse el mismo nombre de sus progenitores! Les delataría.
La primera vez que me besó con la lengua se me mojaron las bragas. Pensé que me orinaba y no fue así. Me temblaron las piernas y no estaba enferma, se me calentó el cuerpo y era invierno, me mareé sin catar el anís. ¿Por qué? ¿Qué líquido había humedecido mi ropa interior?
Aquella tarde tuve que ir al bar de Benito a por un cuarto de vino pata blanco para la cena de don Marcial y sentí como alfileres las miradas de todos los hombres taladrando mi culo, mis senos, mi cintura y hasta mis muslos. Al salir tuve un sueño despierta en el que todos me desnudaban a jirones con mi traje de primera muda y sus miembros golpeaban todo mi cuerpo y me poseían a galope tendido. Fue apabullante.
Me empeñé en aprender con los pellizcos de don Marcial y he de confesar que en más de una ocasión erré a propósito para sentir cómo se dilataban mis pezones entre sus dedos gelatinosos. Pronto leí, aunque tardé más en escribir. Me gustó leer “La historia interminable” de Michael Ende. Luego me hizo leer el Quijote. “Obligada lectura”, me dijo, así como las obras de don Benito Pérez Galdós, que nada tenía que ver con el del bar.
C
Cuchillos, navajas, tijeras y hachas eran instrumentos que se convertían en mis manos, daba igual derecha que izquierda, en la continuación de mis miembros superiores. Mataba un pollo a 5 metros de distancia de certera cuchillada y a un ternero diana en su cuello a 10 metros con el hacha corta. Régulo era famoso navajero. De mi abuelo hablo, pero también lo era su hijo, mi padre, pero ya no se estilaban los duelos a navaja como antes por un quítame allá esas pajas. Mantuve con esas artes el orgullo de una puta, pero honrada. Por costumbre siempre llevaba a mano una mariposa que heredé de mi abuelo y que manejaba como un ratero del Bronx, así me decía don Marcial cuando me vio hacer algunas filigranas con una navaja tan complicada de manejar y que tanto juego daba para presumir de destreza. Aquella tarde, saliendo de la farmacia, el hijo de Tanito y un par de colegas suyos trataron de asediarme. Me espaldeé contra la pared trasera de la farmacia y les dejé llegar hasta los dos metros de mí fanfarroneando con lo que me iban a hacer y lo mucho que iban a gozar con sus juegos. Posé la bolsa en el suelo, eché mano a mi espalda y brilló el plateado de mi navaja mariposa. Abro, cierro, la paso de mano en mano y de un zarpazo rajo la camiseta del primero, la cambio de mano y se la coloco en el gaznate al segundo, el tercero ya corría mientras el primero se meaba en sus pantalones vaqueros ceñidos. La cierro en el aire, cojo la bolsa y dándoles la espalda espeté:
-          Niñatos amariconaos.
Aquella noche, al pararse el tiempo, me sentí ufana. ¡Qué sensación! Nunca le conté tal hazaña a don Marcial, pero llegó a sus oídos y este fue su sermón:
-          Alba. Mi dulce Alba. Apretó con delicadeza mi nalga izquierda y me sentó en sus inertes rodillas. La violencia para las bestias. La razón es más poderosa que la fuerza física y la indiferencia la mayor de las bofetadas. Notarás que a medida que veas aumentar tu conocimiento, disminuirá tu carácter vehemente. El saber te da razones que el puño no alcanza. En una pelea nadie gana,solo uno pierde menos que el otro.
Y así sucesivamente encadenaba sus mensajes para que mis débiles entendederas llegaran a menospreciar el arte de manejar la navaja ante la habilidad del uso de la dialéctica. Vamos, digo yo. Y no con mis palabras sino con las suyas.



Esta historia no ha acabado, la continuaré mañana.

jueves, 24 de octubre de 2013

Resignación (Capítulo 1)

                                   
 “Sierva te doy, que no esclava”
                              Las palabras del párroco Relio –como lo llamaba la feligresía– sonaron contundentes, rabiosamente taxativas, más que amables y cariñosas.
                              El beso que sellaba el contrato estaba bañado, como los bombones de licor, en ron y vino añejo de un día atrás, pero ella lo recibió con la dulzura del chocolate. A la salida, arroz y vítores al viento.
                              Desde muy joven, Luis tuvo a bien declararse ateo. No le fue fácil dar con una mujer de nobles sentimientos y dulces maneras. Religiosa, muy religiosa, por eso quedó  resignada con esta debilidad de su estrenado marido, porque ella no temía a Dios. Pocas veces hablaban de asuntos de fe.  Purita se sabía protegida por la Santísima Trinidad a medias, ¡ya vería cómo arreglaba este desencuentro con el Todopoderoso! Aun así, Luis había consentido la boda por la iglesia –desde luego resultaba más vistosa y notoria.
                              Él era un hombre común y corriente en general –salvo en lo de declararse ateo, que fue su único pensamiento trascendental, no evolucionó a más–, con sus ataques de mal humor sin motivo aparente, con sus euforias esporádicas y sus ausencias sin aviso previo, con su desprecio frecuente por los que no pensaban como él, y con la ingrata certidumbre de que la mejor hora para querer era la que a él se le antojaba. Por eso, a las hermanas de Purita les parecía inaudito la condición de perpetua enamorada que se desprendía de sus ojos y de su sonrisa.
                              Hubo boda religiosa, banquete con baile y viaje de novios.
                              Nadie supo cómo fueron esos días y esas noches ni cómo los primeros sueños de casados.
–Purita, en lo que te vistes, bajo al bar. Te espero allí, no tardes.
–¡Pero si ya estoy. No tardo ni un minuto y bajamos juntos a cenar!
–¡No. Venga, venga!
                              A ella le hubiera gustado compartir con risas y guiños esos momentos en los que la felicidad le estremecía todo el cuerpo, en los que la habitación aparecía desordenada tal y como ocurre después de una función “de fin de algo” con ese olor a sexo que embriagaba, quedarse abandonada junto a él plácidamente, parando el tiempo. Los romanos deben tener razón:”post-coitum homo tristum est” y Luis necesitaba de libaciones etílicas para reanimarse. “En fin, hay que ser comprensiva. No queda otra. Al fin y al cabo, había tenido suerte, es un buen hombre, y será un buen padre y un buen marido”.
                             


Resignación (Capítulo 2)

                    Él estaba sentado en la barra, de espaldas a la puerta, enfrascado, nunca mejor dicho, en una amena conversación con el barman del hotel y acompañado, cómo no, por el güisquito de rigor.
– ¡Hola Luis!
– ¡Hola mi amor! ¡Qué guapa! Mire, esta es mi esposa.
                              Y el barman deferentemente y con cara de profesional:
–Mucho gusto, señora. Mis más sinceras felicitaciones. Espero que ustedes sean muy felices. ¿Desea un aperitivo?
– ¡Tómate algo! –la animó Luis.
–Bueno. Póngame un “Martini blanco”, por favor.
                              Purita permaneció de pie junto a su marido, y este junto a la barra. El taburete alto no era el asiento idóneo para un vestido de cena romántica.
                              Luis apuró el güisqui y le indicó a su nuevo amigo que le sirviera otro. Seguramente, con la intención de acompañar a su esposa. Pasaron casi 35 minutos de animada charla con el barman, que se llamaba Antonio. Charla intercalada con pequeñas interrupciones para atender a otros parroquianos que se acercaban por el bar y que Luis aprovechaba para cumplir fugazmente con su acicalada esposa. En una de esas, que Purita se atreve a mostrarle su apetencia de cenar junto a su recién estrenado esposo, él, ocurrentemente, le ofrece que tome asiento en la mesa del restaurante.
–Vete pidiendo, Purita. Me acabo la copa y voy para allá. Te lo digo para que no estés aquí de pie como una estatua –añadió.
                              Luis se preocupaba de la comodidad de Purita.
  – ¿Qué desea cenar la señora? –atentamente el maitre.
–Estoy esperando a mi marido, gracias.
– ¿Le gustaría tomar algo mientras espera?
–Gracias, estaba tomando un Martini en el bar.
–No se preocupe, se lo traeré.
                              El maitre, con paso ético, se dirige al bar y recoge la copa de la señora y aprovecha para avisar al entretenido esposo de que su señora esposa lo espera sentada.
–Dígale que vaya pidiendo. Voy enseguida, espetó secamente.
–Purita, no me gusta que mandes a nadie a buscarme.
–Pero si yo…
– ¡No coño! No soy ningún niño para que me tengan que ir a buscar.
                              Algo molesta, osa contestarle:
–No he mandado a nadie a buscarte. Y apartó su mirada hacia ningún sitio.
–Bueno ya está, pero no lo hagas más.
                              La cena transcurrió aburrida. Frases cortas con esforzada amabilidad y simpatía. La conversación, si se le podía llamar así, en ningún momento alcanzó el grado de amena, y mucho menos interesante a pesar de los esfuerzos de Purita.

                              Ya en la cama, ella pensó en que su rol pasaba por ir conociendo, poco a poco, sus deberes de esposa fiel y diligente. Saber los usos y costumbres de su hombre para que la empresa llegara a buen puerto. La madrugada la acompañaba en sus pensamientos mientras Luis, al otro lado, dormía sus güisquis –durante la cena apuró otros tres que le sirvieron para no volver al bar y que ella, habilidosamente como le correspondía, lo arrastrara hasta su habitación. 

Resignación (Capítulo 3)

                                   Toda una mujer de su casa. Ya se lo había ordenado D. Relio: “Sierva te doy…” y su bisabuela y su abuela y su propia madre se lo habían advertido aconsejándola. Ese determinismo familiar que herencia tras herencia iba de abuelos a nietas y de madres a hijas… Ese hipócrita y despótico régimen familiar que tiene como lema: “Todo para la mujer pero sin la mujer”, trenzaban un oscuro futuro para la pareja.  
                             
Purita, mujer del siglo XX, y afincada ya en el siglo XXI, convivía extrañada y confusa entre lo aprehendido mamado y grabado a fuego, y las nuevas y revolucionarias tendencias femeninas. Mujer de las de antes, de las que fregaban el piso de rodillas y que se acercaban más al estilo de vida de una geisha inculta que a una hembra emancipada. ¿Qué hacer? ¿Traicionar las enseñanzas ancestrales de las mujeres de su familia, –lo que se consideraría un desprecio, un insulto– o traicionar a esas extrañas que se hacen llamar camaradas de campaña de la ola feminista?
                              Dos hijos en tres años acabaron con sus dudas. Los designios del Señor, o mejor dicho, de su señor la obligaban a tomar “el camino de siempre”. Simplemente no quería complicaciones. Ella buscó mil maneras para quererlo y para que él la quisiera, pero se le gastó el cariño y la necesidad y el humor y las ganas de conversar para hacerse entender, no consistía sólo en no entrar en conflicto, únicamente buscaba espacios de paz para su familia, cierta estabilidad en ese abismo que se abría inexorablemente.
–Néstor, será mejor que te metas en la cama antes de que llegue tu padre, si no, ya sabes lo que va a pasar cuando se entere de tu suspenso.
                              Néstor, a pesar de sus doce años, pareció oír la voz del coco, como si su madre hubiera mentado al mismo Satanás, se apresuró a meterse en la cama, con la sábana inmaculada encima de la nariz y con los ojos abiertos de terror, a la espera del clásico sonido de la puerta –ya los cerraría según las presencias.
–¡Lo de este niño, que hace lo que le da la gana como tú, ya me está hartando. Y es culpa tuya, que lo consientes y le tapas todo!
–¡Luis, sólo es un suspenso en Inglés. El niño necesita clases particulares ya!
–¡Claro, claro, ahora le voy a pagar YO al vago de TU hijo unas clases particulares. Tengo cosas más importantes que el Inglés del niño!
                              Las palabras de Luis dolieron como puñales al rojo vivo. Esa primera persona que acaparaba la economía familiar y esa segunda que eludía las responsabilidades le estallaron en el cerebro y le aleteó el corazón.
                             Purita hacía y Luis deshacía. Purita llenaba la casa de calor y dulzura y Luis la enfriaba con desplantes. Purita construía una familia en la que imperaba el amor y el respeto y Luis la derribaba con sus palabras malsonantes y sus ausencias inexplicables. Triste Purita, pobre Purita.
                              La joven y bella esposa había perdido su lozanía. Su pelo, aunque siempre limpio, cuidado y peinado se había estropajado, sus ojos olvidaron el brillo, su piel se había fruncido y su semblante, el espejo de la sumisión dulce. Hasta en el vestir resultaba descuidada. Triste Purita, pobre Purita. Su sonrisa ya no tenía el revuelo de la juventud, aun siendo joven. Pobre y triste Purita.
                              Desde hacía unos meses los horarios de Luis eran intempestivos, muy variables, inesperados. Horarios poco familiares, con olor a leña de otro hogar, con calor de otra cama. Su trato cada vez más arisco, más distante, más desagradable e ingrato.
                              Era la indiscutible hegemonía del hombre. Las cosas como son.
                              Purita cumplía dominicalmente con sus deberes cristianos y aprovechó una misa para asaltar a D. Relio y pedirle audiencia.
                              El cura tenía una edad indefinida, aunque parecía joven. Su corriente religiosa no comulgaba con la de las nuevas generaciones, esas que se acercan a la teoría de la liberación, tampoco con los rigoristas vaticanos, pero sí la de los que se supone están con los nuevos tiempos. Además, mantenía su galanura tras el alzacuello, atraía con su magnetismo religioso a las feligresas y llevaba el tiempo suficiente en la parroquia como para conocer sus entresijos y a sus moradores.
–D. Relio, tengo miedo. Luis ha cambiado mucho y parece no estar a gusto en casa. Su mal humor va en aumento, ya no es tan cariñoso con los niños como antes. Y conmigo, D. Relio, conmigo es un extraño, me rehúye.
                              Don Aurelio, que así se llamaba:
–Purita, Purita…

                              

Resignación (Capítulo 4)

                       
                               La voz del cura sonaba a suave reproche. Le hizo ver que se sentía defraudado. Le hizo ver que no tenía
claro su papel de amantísima esposa y abnegada madre. La hizo sentir responsable. Y lo que es más grave aún, la hizo sentir culpable. “Los del alzacuello son los mayores profesionales en el arte de la manipulación. ¿Hay alguna duda?”
–D. Relio, no sé qué más hacer. Creo que hay otra mujer.
–Procuraré hablar con Luis, pero Purita, piensa, no te falta de nada. Tienes tu casa, unos hijos adorables que van a buenos colegios, vacaciones en la playa… Luis trabaja mucho para ustedes. El hombre necesita desahogarse de tantas responsabilidades. Quizás sólo está cansado, agobiado por los problemas. Tú no sabes lo que cuesta sacar a una familia adelante. Ten paciencia, mujer. Resignación.
–¡¡¡Resignación!!! Le vinieron a la cabeza frases que eran sentencias en la boca de su madre: “Así son las cosas y así deben ser”. O ante reclamos de auxilio: “Es joven, mujer, se curará con la edad”.
                              Tras la entrevista con el cura, Purita, salió embotada de sentimientos: dolor, rabia, impotencia, soledad…Ninguno grato. Pero al menos, las cosas estaban claras. Ahora sabía qué hacer: resignarse.

–Luis, el viernes es el cumpleaños de la niña, querría hacerle una fiestita el sábado con sus amigas.
–El sábado…, el sábado… Mal día. De todas formas si es para las niñas…
–Pero, ¿no vas a estar?
–No, el sábado no puedo.
–Bueno, Luis…
                              Dejó la cocina y se sentó en el salón frente a la tele en actitud de “no molestar”. Un cartel, una pose que adoptaba últimamente, con mucha frecuencia. Purita tuvo miedo de suspirar. Sabía que eso molestaba a su marido.
                              Las noches en el tálamo transcurrían frías y largas, sus ojos conocían el techo de la habitación con la precisión de un topógrafo, y en muchas de ellas las lágrimas caían en secreto silencio a la almohada. Las ojeras, el único maquillaje de su cara. “¿Por qué razón Luis susurraba desde el teléfono de la alcoba?”
                              Preguntas que tenían una simple explicación y que Purita solucionaba con otra típica frase de la madre: “Ojos que no ven, corazón que no siente”. El corazón de Purita iba a estallar, pero resignación.
                              Durante el cumpleaños, las madres de las otras niñas susurraban. Qué triste está Purita, qué desmejorado su aspecto. ”Han visto a Luis salir del bloque de “esa”. Cada día se oculta menos”. Un secreto a voces que Purita no quería revelar a su familia.
                              “Que pase el tiempo, el tiempo todo lo cura; el tiempo pondrá las cosas en su sitio, es pasajero”…Mensajes que consolaban su desesperación, aunque el tiempo se encargaba implacablemente de hacerles perder valor y sentido. Y cambiaban entonces. “Esta es su familia, tiene dos hijos conmigo; sus hijos son lo más importante, no nos puede dejar”…Los mensajes se convertían en gritos de auxilio. Ni el eco de su mente le daba respuesta alguna. Solitaria resignación.

Resignación (Capítulo 5)

                      Luis pertenecía a ese tipo de gente que supone que tu vida no tiene sentido sin su existencia. Y mantenía hasta la saciedad esa actitud arrogante hacia su esposa. Unida a un profundo desprecio por ese ingrato trabajo conocido como “tareas del hogar” en el que tanto esmero y cariño ponía Purita. La irrespetuosa consideración la hacía parecer inferior y empezó a sentirse cínica ante todo lo relacionado con la vida. Su vida matrimonial se inició con un aterciopelado ocaso e iba derivando en un oscuro y triste otoño lleno de abúlicas esperanzas. Desgraciadamente para ella, seguía llena de normas interiores heredadas que actuaban como freno a sus deseos. Los primeros rayos de luz que aparecieron el día de su boda desaparecieron lentamente, al igual que al anochecer los niños abandonan una calle agradable.
                              Hubo un tiempo en el que Purita pensó acudir a las mujeres de su vida que significaban algo así  como “el gran consejo de ancianos”, pero por parte de su familia conocía la respuesta que se acercaría mucho a la de D. Relio; y por la parte política, la imagen resultaba poco halagüeña. Su suegra era una mujer de malas mañas, de entrañas tan rizadas como los nudos de su mugriento pelo. Huraña con los que quería ser huraña y falsa y estridente con los otros. Sus axilas hedían a lepra como su halitosis. Triste Purita. Pobre Purita.
                              La soledad  se  le manifestaba cada vez más envolvente, sólo gracias a la vida de sus hijos se podía alimentar del aliento para seguir viviendo. Ella les dio la vida, y ellos, agradecidos, se la devolvían en el momento más delicado de su pobre y triste existencia.
                              No molesta el inculto sino el que desprecia la cultura por no querer sentirse inferior. Este es el caso de Luis; su prepotencia le impedía evolucionar. Mantenía el temperamento del que hay que sujetar a palos.El lunes, 24 de enero, Luis fue hospitalizado, el malestar  de estómago no disminuía.  El cirujano extrajo una moneda de las antiguas pesetas en una operación de urgencia –se la había tragado cuando tenía tres años y nunca apareció. Entre su desordenada vida, a pesar de los cuidados esmerados de su mujer, y los daños irreversibles de la moneda que habían horadado las entrañas del cabeza de familia, Luis tenía los días contados, la vida se volvía imposible en aquel cuerpo maltratado.
                              “La religión proclama la tolerancia y la benevolencia…
                              El hombre es el que ha llevado el peso de la historia en su afán de proteger a la costilla más débil... Ha llegado a la mortificación en su labor…
                              La ética monoteísta cristiana subyuga a la mujer por su bien. Esta debe ser consciente del papel preponderante que el Señor le ofrece al concederle el poder divino de engendrar”. Oía Purita el sermón dominical de D. Relio con resignación.
                              Purita abandonó la sacristía ese domingo con una expresión dulce, serena, y con paso seguro se dirigió a su casa.
                              Desde el salón de su casa escuchaba las noticias que emitía la radio. Al parecer D. Relio, el párroco, había aparecido muerto en la sacristía de la parroquia. La estola podría haber sido el instrumento del presunto estrangulamiento. También se encontraron bolas de papel en su boca que  contenían el sermón que había pronunciado en lo que fue su última homilía. Descanse en paz el barrio de …
                              Purita cambió el dial y comenzó a escuchar  música folclórica. Resultaba más agradable en lo que preparaba la merienda, hoy especial para ir al parque con sus vidas, con sus hijos.
                             


lunes, 21 de octubre de 2013

La Nácar-Colunga (Capítulo 1)

Cada día, mes y año, excepto en vacaciones,  me vestía de azul marino con una blusa blanca y medias canelas y me dirigía al colegio de vestales, donde las vírgenes practicábamos la vida, hacíamos gimnasia y aprendíamos a ser sumisas, dóciles para un marido inexistente aún, futuras madres de sus hijos o hijas, también estudiábamos mucho y entre otras actividades, cuarenta días después de carnavales, repetíamos de memoria la pasión y resurrección de Cristo (evangelio según S. Lucas, creo) –que era una tortura para mí- y hacíamos los ejercicios espirituales, que me sacaban de la rutina del curso escolar porque durante horas y días consecutivos, se celebraban en un recogimiento absoluto. Los pupitres vueltos hacia la pared, el salón a media luz con el fin de conseguir un ambiente de reflexión, de contricción y de escucha por si Dios te llamaba. Apenas se oía el suave susurro de las hojas de cebolla de los libros sagrados de las allí congregadas. Yo organizaba mi mundo con la Nácar-Colunga la Biblia y  levantaba trincheras, me aislaba totalmente, miraba estampas benditas que nos regalábamos las vestales o comprábamos en la calle La Peregrina y leía con verdadera fruición. Yo era totalmente feliz. No había clase, y si no fuera porque tal vez Dios me llamara, incluso me encontraba radiante, tanto que me hubiese gustado caminar por el aire pisando suavemente las cabezas de mis compañeras, dar volteretas por aquel enorme salón y enseñar todas las historias e ilustraciones pequeñitas que me encontraba en aquel libro que, después de ciertas novelas de Pérez Galdós, era el que más me gustaba. En ese momento, un autor proscrito por su anticlericalismo; sin embargo, no se producían en mí contradicciones. Yo pensaba que D. Benito no sólo tuvo que pasar una vez por el Purgatorio, donde estaba amenazado por un ángel con una espada de fuego que tenía vida propia, sino que después de años muerto, volvía a ser juzgado, condenado y perseguido con la espada de fuego, esta vez en la mano del Obispo de la Diócesis. Aunque no me extrañó nada. En la historia sagrada aún pasaban cosas peores.

Tantum ergo (Capítulo 2)

Embebida por los relatos de condenados, de difuntos que no siempre se quedaban inmóviles en sus pudrideros o navegando por el Averno, de resucitados, prostitutas –mujeres impuras- u otras de bondad infinita, incestos, disputas atroces entre Satanás y Dios, siervos fieles e infieles…, yo me relamía con las resurrecciones y los milagros. Marcaba con estampitas las páginas de los que resucitaban, o de los milagros, donde quedaban curados paralíticos, mudos, endemoniados, también había relatos de transfiguraciones e incluso de los que negaban la resurrección, como los saduceos.
Esos días transcurrían sólo interrumpidos por actos religiosos extraordinarios y declamanado el
“Tantum ergo Sacramentum
Veneremur cernui
et antiquam documentum…”,
que logré aprenderme y recitarlo con entusiasmo inusitado sin comprender absolutamente nada de lo que decía.
            Así mis ejercicios espirituales quedaban cargados de personajes, panegíricos, pecadoras, publicanos y fariseos. Aprendí la historia sagrada pero no me dio nunca paz. La lucha encarnizada entre Satanás y Dios donde pusieron a prueba la dignidad de Job para constatar la fidelidad debida a Dios –ejemplo de santidad, integridad y fortaleza ante las dificultades, me causó una impresión inenarrable; incluso aumentaron mis malos pensamientos que quedaban flotando en el aire y mi temor se acrecentó pensando en que tal vez Satanás y Dios pudieran encontrar otro entretenimiento conmigo…., por mi deseo de no ser llamada por Él para ser monja en las misiones…, aunque pudiera ser que si me confesaba…No, el cura era representante de Dios en la Tierra.
Nunca más me confesé, no.  Prefería pasar desapercibida y seguir leyendo a Pérez Galdós.

Autora invitada: Julia